Celebrando el corazón vivo de Michoacán
Este 28 de septiembre de 2025, Pátzcuaro celebra 491 años de su renacimiento como villa y luego ciudad — una fecha que marca el aniversario de una decisión real: el 28 de septiembre de 1534, cuando el rey Carlos V firmó desde Toledo una cédula que ordenaba a don Vasco de Quiroga trasladar la capital de la provincia de Michoacán de Tzintzuntzan a Pátzcuaro.

No fue un acto arbitrario. Fue un gesto político, espiritual y humanista:
Don Vasco comprendió que Tzintzuntzan, devastada por la guerra y el saqueo, ya no podía ser el corazón de una nueva sociedad.
Pátzcuaro, en cambio, era el ombligo sagrado de los purépechas —el lugar donde la tierra tocaba el cielo—, y allí, sobre el umbral ancestral, construiría no solo una ciudad, sino un modelo de justicia.
El título oficial de “Ciudad de Michoacán” fue otorgado el 28 de octubre de 1537, con escudo, pabellón y privilegios reales.
Pero la verdadera fundación, la que marcó el nacimiento de la «nueva Pátzcuaro», ocurrió el 28 de septiembre de 1534: cuando el rey le dio a Vasco la autoridad para mover la capital, repoblarla, organizarla y consagrarla como centro espiritual y administrativo de toda la región.
Porque Pátzcuaro no es solo una ciudad con acta de fundación: es un lugar sagrado desde tiempos inmemoriales. Aquí, donde el lago es espejo del cielo, los antiguos purépechas creían que estaba la puerta al paraíso. Y hoy, esa esencia sigue intacta. Orgullo de Michoacán. Tesoro de México.
¿Qué significa “Pátzcuaro”? La llave del más allá
El nombre de esta ciudad es un susurro de los dioses. Algunos dicen que viene de “Pashcuaro” (“donde tiñen de negro”), otros de “Petatzecuaro” (“lugar de cimientos”) o “Petatzimícuaro” (“lugar de espadañas”). Pero la voz más antigua —la que recoge la Relación de Michoacán, ese gran libro de memoria purépecha— nos dice:
Tzacapu-Arocutin-Patzcuaro: “Donde está la entrada al paraíso”.
Para los fundadores, el lago no era agua. Era el umbral entre los vivos y los muertos, entre lo terrenal y lo divino. Un portal. Y sobre ese portal, nació una ciudad destinada a ser eterna.
Orígenes: Cuando las estrellas guiaban a los fundadores
Todo comenzó alrededor del año 1324, cuando los caciques Páracume y Vápeani —nietos del legendario Curátame— llegaron desde Zacapu y encontraron asiento en Tarimichundiro, hoy el área que rodea la Basílica de Nuestra Señora de la Salud y la Plaza Vasco de Quiroga, epicentro del centro histórico de Pátzcuaro. Allí, junto a cuatro rocas sagradas que simbolizaban los cuatro puntos cardinales y las estrellas de la Cruz del Sur —objeto de veneración ancestral—, construyeron sus cúes (templos).

Fue en este mismo lugar, considerado el ombligo espiritual del mundo purépecha, donde más tarde don Vasco de Quiroga erigiría la Basílica, sellando simbólicamente la unión entre lo sagrado antiguo y lo sagrado nuevo. Hoy, caminar por la plaza frente a la Basílica es pisar tierra consagrada por siglos de historia, fe y memoria.
El Imperio Purépecha: Resistencia y grandeza
Pátzcuaro se convirtió en la capital religiosa del Imperio Purépecha, mientras Tzintzuntzan —“lugar de colibríes”, hoy a 18 km al noreste de Pátzcuaro, sobre la ribera norte del lago de Pátzcuaro, en la carretera federal Pátzcuaro–Morelia— era la capital política, e Ihuatzio —“lugar de garzas”, hoy a 25 km al suroeste de Pátzcuaro, en la ribera sur del lago, cerca de la localidad de Tzurumútaro— era la militar. Estos tres centros formaban el eje del poder purépecha, conectados por caminos ceremoniales y rutas lacustres que aún pueden recorrerse en lancha o por carretera.

Extensión máxima del Imperio Tarasco y hacia 1522
Los purépechas —a quienes los españoles llamaron “tarascos”, por tarascue (“cuñado”)— fueron la única civilización que resistió victoriosamente a los mexicas. Dominaban el cobre, el bronce, la cerámica y la organización social —no trabajaban el hierro, como a veces se afirma erróneamente. Su imperio se extendió hasta lo que hoy son Jalisco, Guanajuato, Colima y Guerrero. Su historia, transmitida por los ancianos, sigue viva en cada canto, en cada ofrenda, en cada mirada que se pierde en el lago.
La caída: Cuando el fuego borró los templos

Representación de Tanganxoan II en «La Relación de Michoacán», de fray Jerónimo de Alcalá.
Todo cambió con la llegada de los españoles. En 1526, Nuño de Guzmán desató el terror: saqueó templos, esclavizó a la gente, quemó lo que no podía robar. En 1530, ejecutó al último emperador, Tangáxoan II, en lo que hoy es la ciudad de Ciudad Hidalgo (antes Taximaroa)*, a unos 120 km al noreste de Pátzcuaro, en el límite con el Estado de México, cerca de Temascalcingo. El imperio cayó. La tierra quedó en silencio.
*Ciudad Hidalgo (Taximaroa) fue un punto estratégico en la frontera oriental del Imperio Purépecha, donde se libraron batallas clave contra los mexicas y luego contra los españoles. Hoy es cabecera municipal en el extremo noreste de Michoacán, colindante con el Estado de México.

El renacimiento: Tata Vasco y la ciudad de la esperanza
De las cenizas, surgió un hombre que cambiaría el destino de Michoacán.

En 1531, a los 60 años, llegó a la Nueva España don Vasco de Quiroga —jurista, sacerdote, visionario humanista. Su primer acto revolucionario fue fundar, en 1532, Santa Fe de México, cerca de la Ciudad de México: la primera “república de indios”, un modelo de comunidad autosuficiente, justa y educada.
Al año siguiente, en 1533, replicó su experimento social en las orillas del lago: fundó Santa Fe de la Laguna, hoy un pueblo que aún conserva su traza original y su espíritu comunitario —y que puedes visitar, a solo 5 km al suroeste de Pátzcuaro, por la carretera hacia Zacapu pasando por Tzintzuntzan y Quiroga—, como un viaje en el tiempo.
¿Qué enseñó Don Vasco de Quiroga en Tzintzuntzan?
En Tzintzuntzan —antigua capital del Imperio Purépecha—, don Vasco no construyó una iglesia sobre un templo, sino una escuela sobre una ruina sagrada.
Lo que enseñó allí fue:
- La lectura y escritura en lengua purépecha —no en español—, respetando la identidad.
- El canto coral y la música sacra, fusionando flautas indígenas con órganos europeos. Así nació la música litúrgica purépecha, que aún se canta hoy.
- Artesanía y organización comunitaria, integrando técnicas ancestrales con nuevas herramientas.
- Formación de líderes locales: jóvenes purépechas como catequistas y maestros, para guiar su propia comunidad.
“No queremos convertirlos en españoles. Queremos que sean buenos cristianos… siendo purépechas.”
En Tzintzuntzan, Don Vasco no destruyó lo antiguo… lo redimió.
Allí, la música de los dioses se volvió canto a la Virgen —y nunca dejó de sonar.
El traslado de la capital: El 28 de septiembre de 1534
Con la autorización real del 28 de septiembre de 1534, don Vasco comenzó a repoblar y reorganizar Pátzcuaro, convirtiéndola en el centro espiritual y administrativo de la región.

«Esta es la ciudad de Tzintzuntzan, Pátzcuaro y poblaciones de alrededor de la laguna y la traslación de la silla a Pátzcuaro»
Aunque el título de “Ciudad de Michoacán” fue otorgado el 28 de octubre de 1537, fue aquel 28 de septiembre de 1534 —cuando se decidió mover la capital— lo que los patzcuarenses han celebrado como su verdadero renacimiento.
Su verdadero milagro: Educación y transformación
En 1540, fundó en Pátzcuaro el Colegio de San Nicolás Obispo, destinado a la educación de los jóvenes nobles purépechas. Este colegio —cuyo edificio original se encuentra a una cuadra al norte de la Plaza Vasco de Quiroga, en la esquina de las calles Pípila y Morelos, hoy sede del Museo de las Artes e Industrias Populares de Michoacán— fue el primer centro de educación superior en América para indígenas.
Más tarde, cuando la sede episcopal se trasladó a Valladolid (hoy Morelia) en 1580, el colegio se mudó con ella… y se convirtió en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Su cuna está aquí, en Pátzcuaro.
Y en el corazón de todo, construyó la Basílica de Nuestra Señora de la Salud, sobre el antiguo templo de la diosa Cueravaperi. No fue un acto de destrucción, sino de transformación sagrada: donde antes se veneraba a la madre de los dioses, ahora se veneraba a la Madre de Dios. Un puente entre dos mundos.

Proyecto de la Basílica de Pátzcuaro
El legado que camina: Artesanías, fe y memoria
Don Vasco no solo construyó iglesias: construyó identidad. Enseñó a cada pueblo a especializarse, fusionando técnicas prehispánicas con europeas.
“Don Vasco no les dio pan… les dio herramientas para crearlo.”
Su visión no fue la colonización, sino la dignificación.
Pero el legado de don Vasco no se midió en ollas, lacas ni lozas. Se midió en la dignidad devuelta.
No fundó solo talleres: fundó comunidades donde cada familia tenía tierra, techo y derecho a vivir sin miedo.
No enseñó oficios: reconstruyó identidades.
En Santa Fe de la Laguna, creó la primera “república de indios”: un modelo de justicia social donde la tierra era colectiva, la educación universal y la autoridad local respetada.
En Tzintzuntzan, transformó ruinas en escuelas, donde los jóvenes purépechas aprendieron a leer y cantar en su propia lengua, fusionando flautas ancestrales con órganos europeos —no para reemplazar su música, sino para que nunca se callara.
En Pátzcuaro, construyó el primer centro de educación superior en América para indígenas —el Colegio de San Nicolás—, cuyo eco llegó hasta hoy como la Universidad Michoacana.
Su obra no fue colonización. Fue rescate.
No impuso una cultura: restauró una voz.

Perspectiva de uno de los murales de Juan Bárcenas que ilustra el paso de don Vasco de Quiroga por la zona lacustre de Pátzcuaro. El mural se ubica en el costado oriente de los altos del Cine – Teatro «Emperador Caltzontzin»
Los saberes que florecieron bajo su protección —el cobre martillado, las lacas policromadas, la loza fina— ya existían en las manos de los purépechas.
Él no los inventó.
Les devolvió el espacio para seguirlos haciendo.
Y por eso, aunque sus manos tocaron solo algunos pueblos, su espíritu abarcó todo Michoacán: desde los cerros de Zinapécuaro hasta las orillas de Ihuatzio, desde los fogones de Santa Clara hasta los caminos de Quiroga.
Donde haya un artesano que trabaje con orgullo, una comunidad que se gobierne con justicia, o un niño que aprenda en su lengua, allí vive el verdadero legado de Tata Vasco.
Y si hoy, en cualquier rincón de Michoacán, alguien dice “yo soy purépecha” con la cabeza alta… esa es la mejor obra de Don Vasco.
El alma que no se fue
Don Vasco murió en Pátzcuaro el 14 de marzo de 1565, a los 95 años. Sus restos descansan en la Basílica que él mismo fundó. Pero su espíritu no se fue: camina por los mercados, se sienta en las plazas, navega en las canoas del lago.

Mausoleo a don Vasco de Quiroga en el interior de la Basílica de nuestra Señora de la Salud
La mejor obra de Don Vasco no está en piedra…
— Está en el alma de Michoacán
Este 2025, al celebrar 491 años desde su renacimiento, no celebramos solo una fecha. Celebramos la resistencia de un pueblo. La grandeza de una visión. La belleza de una tierra donde lo sagrado nunca se fue… solo cambió de forma.
¿Por qué el 28 de septiembre?
Aunque el título real de ciudad fue otorgado el 28 de octubre de 1537, el 28 de septiembre celebra algo más profundo:
La cédula real que ordenó el traslado de la capital a Pátzcuaro.
Fue ese día cuando se decidió —no por fuerza, sino por sabiduría— que la nueva ciudad nacería sobre el ombligo sagrado, no sobre las ruinas de la conquista.
No es una fecha inventada. Es una verdad guardada en la memoria.
Una memoria que eligió recordar no por un ritual, sino por un acto de justicia.
Y eso, también, es historia viva.
¿Lo conoces todo?
📍 Guía de ubicaciones clave:
- Tarimichundiro (sitio fundacional): Plaza Vasco de Quiroga y Basílica de la Salud.
- Museo de las Artes e Industrias Populares (antiguo Colegio de San Nicolás): Calle Pípila esq. Morelos, a 1 cuadra norte de la Plaza Grande.
- Tzintzuntzan: 18 km al noreste, ribera norte del lago.
- Ihuatzio: 25 km al suroeste, ribera sur del lago, cerca de Tzurumútaro.
- Santa Fe de la Laguna: 5 km al suroeste, a 2 kms. de Quiroga.
- Ciudad Hidalgo (sitio de la ejecución de Tangáxoan II): 80 km al noreste, en límite con Guanajuato.
- Santa Clara del Cobre (Villa Escalante): 35 km al sur, por carretera a Uruapan.
- Uruapan: 50 km al suroeste.
- Patamban: 40 km al sureste, vía Quiroga-Zinapécuaro.
Última palabra
Sí, hubo un hombre que ayudó.
Pero la grandeza siempre estuvo aquí.
En estas manos.
En este lago.
En esta tierra que nunca dejó de cantar.Ven a Pátzcuaro.
Cruza la puerta del cielo.
Celebra 491 años de eternidad.
Fuentes: Cédula real del 28 de septiembre de 1534, Archivo General de Indias, Seville, Legajo 166, Núm. 24, Relación de Michoacán, Archivo General de Indias, crónicas de Fray Jerónimo de Alcalá, estudios de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, catálogos del INAH, guías oficiales de turismo de Michoacán y verificación in situ de ubicaciones.


















